Por: Juan Carlos Morales
Estaba por conciliar en sueño cuando sintió tremolar el suelo: un terremoto de melodías que parecía venir de las entrañas de la tierra. Una sonoridad profunda de zapateos que hacían vibrar su cuerpo. Escuchó airadas voces que animaban a la algarabía, que se sucedía en su patio.
Pensó que los músicos habían regresado. Sin ánimo acudió hasta un rincón donde estaba el pondo de chicha, para brindar a los bailadores. Pero no entraban a su casa. Extrañado, miró por una rendija:
Los danzarines eran descomunales. Tenían apariencia humana y sus movimientos eran enérgicos con un compás que encerraba una inquietante belleza. Bailaban en círculo, agitándose violentamente hasta llegar a un éxtasis, precedido por las flautas entonadas con maestría.
Recorrían el mínimo patio en una nueva alineación. Entonces se podía apreciar que había quien llevaba un bastón de mando y otros entonaban las caracolas, donde se reflejaba una luna tenue.
Fue en esta nueva imagen que se presentaron enteros: los pies tenían para atrás pero eso en lugar de ser un impedimento parecía una virtud porque eran diestros danzarines, y tenían un apretado pelambre que cubría sus extremidades que no tocaban el suelo. Y otra vez el torbellino de sus cuerpos extraños, sus cabezas que rotaban en un magnetismo hermoso: un deslumbramiento que estaba aunado al pavor de comprobar que no eran humanos. Fue un instante. Después, se esfumaron en los maizales.
Nunca fue el mismo. Por las tardes pensaba en esas danzas prodigiosas y decidió confeccionar una vestimenta para hacer honor a sus visitantes. Entonces, la máscara tuvo dos rostros y grande fue la nariz y desaliñados los cabellos de colores.
Una nueva fiesta para agradecer a las cosechas llegó y asistió con su indumentaria de aya huma. Parecía un diablo andino cuando entraba presidiendo el combate para tomar la plaza, danzando con un vigor insólito. Todos le respetaban. No sufría caídas y era el primero en entrar a la pelea y el último en dejar el baile. Cuando dormía entre las espinas no tenía rasguño y siempre se lo encontraba cerca de las cascadas y las lagunas. Un día desapareció. Hay quienes dicen que los aya humas lo llevaron, para dotarle de fuerza a su cuerpo y espíritu.
Otros, en cambio, afirman que vive entre los lugares sagrados. Sin embargo hay algo en que todos coinciden: cuando danzaba sus pies no tocaban la tierra.
