¿Lindo día para pastar a las ovejas, pastorcita?- preguntó el Cóndor.
Sí, dijo la joven sin ruborizarse.
¿Debes tener el mismo peso que las ovejas?, exclamó el Cóndor en tono zalamero.
No te burles de mi - respondió y lo miró de reojo.

¿Lindo día para pastar a las ovejas, pastorcita?- preguntó el Cóndor.
Sí, dijo la joven sin ruborizarse.
¿Debes tener el mismo peso que las ovejas?, exclamó el Cóndor en tono zalamero.
No te burles de mi - respondió y lo miró de reojo.
Planta de Achiote
¨Tijera hanga¨ les dijo que para que no se pierdan del camino pondrá señales con plumas de su cola; más, escondido tras un viejo tronco, otro cazador muy malo escuchaba la conversación de ¨tijera hanga¨; se trataba nada menos que del ¨apangura puma¨(puma sucio), un animal apestoso que andaba comiendo cangrejos. El ¨apangura puma¨ se adelantó por el bosque y tomando las plumas dejadas por el gavilán, las cambió con dirección a su guarida, las jóvenes no dudaron en seguir ese equivocado sendero.
Hombre de la selva pintado con achiote (rojo) y huito (negro)
A partir de ese momento, las plantas se encuentran por toda la Amazonía para uso y disfrute de sus habitantes.
Grupo de musica, danza y arte tradicional "TsunkY Shuar"
Iwia, un demonio terrible, desde siempre ha tenido la costumbre de atrapar a los shuar, meterlos en su enorme shigra y después
comérselos.
Fue así como, en cierta ocasión, atrapó y luego se comió a los padres de Etsa. Entonces raptó al poderoso niño para tenerlo a su lado y, durante mucho tiempo, le hizo creer que él era su padre.
Cuando Etsa creció, todos los días salía a cazar para el insaciable Iwia, que siempre pedía pájaros a manera de postre. El muchacho regresaba con la gigantesca shigra llena de aves de todas las especies. Una mañana, cuando apenas empezaba su cacería, descubrió que la selva estaba en silencio. Ya no había pájaros
coloridos por ninguna parte. Solo quedaba la paloma Yápankam, posada sobre las ramas de una Malitagua.
Cuando Etsa y la paloma se encontraron en medio de la soledad, se miraron largamente. -¿Me vas a matar a mí también? preguntó Yápankam. -No, dijo Etsa. -Parece que he dejado toda la selva sin pájaros. Etsa sintió que se le iban las fuerzas y se dejó caer sobre el colchón de hojas del piso. Entonces Yápankam voló hasta donde estaba Etsa y, al poco rato, a tuerza de estar juntos en medio de ese bullicioso silencio, se convirtieron en amigos.
Yápankam aprovechó para contarle al muchacho la manera en que Iwia había matado a sus verdaderos
padres. Entonces, nada ni nadie podía consolar a Etsa: lloraba con una mezcla de rabia y tristeza.
Cuando Yápankam se dio cuenta de que Etsa empezaba a calmarse, le dijo: - Muchacho, no puedes hacer nada para devolverle la vida a tus padres, pero aún puedes devolvérsela a los pájaros. -¿Cómo?, dijo Etsa. La paloma explicó: "Introduce en la cerbatana las plumas de los pájaros que has matado, y sopla". El muchacho lo hizo y de inmediato empezaron a salir miles de pájaros de todos los colores que levantaron el vuelo y con su alegría poblaron nuevamente la selva.
Cerro Narrío (La tortuga)
Narrío es un cerro de la provincia de Cañar. En su cima, en ciertas noches del mes de mayo, se ve un templo que irradia un esplendoroso brillo metálico, en medio del cual se hallan dos puertas gigantes; pero resulta imposible mirar el interior por la intensidad de la luz.
Las puertas están adornadas con columnas, en las cuales permanecen atados dos perros negros furiosos.
La visión de este templo es, sin embargo, efímera, desaparece al instante. En ese templo se cree que fueron enterradas las campanas de oro de una antigua iglesia, las mismas que son buscadas inútilmente por los huaqueros, pues el Urcuyaya de Narrío las habría trasladado a otro sitio
Imagen de el comercio.com.pe
Atuntaqui al caer la noche
Así sucedió. Isadora insistía en salir a las malas horas: seis de la tarde y doce de la noche, incluidas el mediodía y la mañana. Pero lo más preocupante llegó después: el astuto Duende lanzaba piedrecillas a la alejada casa de la familia y cuando Doña Hortensia salía con un palo no había nadie. El padre, José Ignacio, no sabía nada del asunto porque se encontraba desde hace un mes abriendo brechas en el Oriente, como reciente colono.
En la noche nuevamente se reunieron las vecinas para comentar los sucesos.
-El Duende es un ángel caído y pertenecía a los coros celestiales, por eso le gusta cantar, indicó Doña Genoveva, que era la experta en estos asuntos y siguió.
-Lo mejor que puede hacer, vecina, es tener una guitarra destemplada y cuando el Duende quiera tocar -al ver que no suena afinadamente- se va furioso.
-No, mejor dicen que es colocarle un espejo, dijo otra. Así, cuando el Duende se mira lo feo que es, se espanta y no vuelve.
Imagen de el comercio.com.pe
En este incipiente consejo, la mayoría se inclinó por la treta de la guitarra. Así fue que Doña Hortensia consiguió prestado dicho instrumento y lo colocó cerca de la puerta de su morada. Adentro, una cautivada Isadora seguía insistiendo en que el Duende era hermoso y que le había prometido un palacio.
-Nada de duendes, dijo Doña Hortensia, que ocultó bien de decirle su treta.
A la medianoche se escucharon unos pasos mínimos. Después un rasgueo de guitarra. Un silencio. Una especie de maldición inaudible. Y, en ese momento, la voz poderosa de Doña Hortensia espantando al Aparecido.
Así, Isadora -de labios sensuales- siguió creciendo con la fama de haber conocido al Duende. Aunque -por aquellas épocas- eran los muchachos quienes caían seducidos por el magnetismo de sus ojos luminosos.
En el convento de Santa Catalina de Quito, se encuentra una banquita que algunos la han bautizado como la banca de la fertilidad. Esta banca perteneció a la Madre Catalina, una religiosa favorecida con el don de la profecía y de los milagros, que murió hace 214 años.
Hace más de 30 años, la hermana de una de las monjas del convento, llegó a visitarla y le contó que se iba a separar de su esposo porque después de 10 años de matrimonio no tenían ni un hijo, por simple intuición la religiosa le dijo que se sentara en la banca y que rezara a la madre Catalina. Se dice que la mujer sintió algo especial en ese momento. Todos los días durante un año acudió a sentarse en la banca y rezar, resultó embarazada y llego a tener hasta seis hijos. Este milagro se conoció y fue el inicio de muchos más.
La banca permanece en un descanso de las gradas que conecta al convento con el museo. No tiene espaldar, es de cuero y madera se estima que pertenece al siglo XVIII.
Con frecuencia, la gente golpea las puertas del convento solo para pedir a las madres que les permitan sentarse en la banca. Las solicitudes llegan de mujeres que quieren concebir pero no han podido. La fe y la perseverancia obran el milagro.
La rutina es sencilla. La mujer debe sentarse en esa banca medio acolchonada. Luego viene la oración. El secreto es decirla por nueve días. El rezo no demora ni un minuto, y se completa con un Padre Nuestro, una Ave María y un Gloria.
La madre Mercedes Quintana, qué lleva 37 años en el convento, ha presenciado varios testimonios de curaciones. En una carpeta recoge las cartas que escriben las favorecidas y hasta las fotos de los niños que nacieron luego de las novenas.
Laguna de Cuicocha (imagen de Flickr)
Cuenta la leyenda que la sequía azotaba a toda la región y, por tanto, había que sacrificar una doncella para calmar las iras del "Taita" Imbabura. Una hermosa indígena llamada Nina Paccha (fuente de Luz) fue la elegida, pero su joven enamorado, Guatalquí, no estaba dispuesto a perderla, por lo que huyeron juntos. El pueblo los siguió y cuando iban a ser alcanzados, el cielo se iluminó y Nina Paccha desapareció.
El volcán padre la había convertido en laguna. Surgió, además, un relámpago que fue directamente donde el joven amante, quién se esfumó y brotó como lechero, para que sea vigilante permanente de su adorada Nina Paccha. Y mientras el pueblo no salía de su asombro, una fuerte lluvia empezó a caer sobre los campos.
Hace muchos años, cuando los shuar empezaban a poblar las tierras orientales del Ecuador, la selva no existía. En su lugar se extendía una llanura manchada solamente por escasas hierbas. Una de éstas era el unkuch, el único alimento de los shuar.
Gracias al unkuch, los shuar pudieron soportar durante mucho tiempo la aridez de la arena y el calor. Pero, un día la hierba desapareció. Algunos echaron la culpa a Iwia y a Iwianchi, seres diabólicos que desnudaban la tierra comiéndose todo; pero otros se esforzaron por encontrar el ansiado alimento. Entre estos había una mujer: Nuse. Ella, venciendo sus temores, buscó el unkuch entre los sitios más ocultos, pero todo fue inútil. Sin desanimarse, volvió donde sus hijos y, llenándolos de valor, reiniciaron la búsqueda.
Yuca y su planta
Siguiendo el curso del río, caminaron muchos días; pero el calor de esas tierras les impedía avanzar más. Inesperadamente, sobre el río aparecieron pequeñas rodajas de un alimento desconocido: la yuca. Al verlas, Nuse se lanzó hacia el río y las tomó. Apenas probó, sintió que sus ánimos renacían misteriosamente y enseguida corrió a socorrer a sus hijos. De pronto, salió una mujer bella. Nuse, asustada, le preguntó:
-¿Quién es usted?
-Yo soy Nunkui, la dueña y soberana de la vegetación. Sé que tu pueblo vive en una tierra desnuda y triste, en donde apenas crece el unkuch.
-¡El unkuch ya no existe! Era nuestro alimento y ha desaparecido. Por favor, señora,¿sabe dónde puedo hallarlo? Sin él, todos los de mi pueblo morirán.
-Nada les ocurrirá, Nuse. Tú has demostrado valentía y por ello te daré, no sólo el unkuch, sino toda clase de alimentos.
En segundos, ante los ojos sorprendidos de Nuse, aparecieron huertos de ramajes olorosos.
Nunkui continuó: -Te obsequiaré una niña prodigiosa que tiene la virtud de crear el unkuch y la yuca que has comido y el plátano y...
-Gracias Nunkui, gracias!